lunes, 24 de abril de 2017

Malta



Estoy a miles de kilómetros de casa, 
del mundo, parece. A miles de kilómetros de mi vida, 
de mi familia, de toda la gente a la que quiero. 

Ahora mismo el aire roza mi cuerpo, como cuando te acarician. Nadie mira a nadie, eso me gusta.
La arena es como terciopelo, lo prometo, no puedo dejar de acariciarla, pero, a la vez, escuece. Se te escapa de las manos, como el tiempo. El tiempo de curarse, de curarse de cualquier cosa. 

Me quedaría en esta playa para siempre, sintiendo cómo el Sol se refleja en las heridas del alma. Quizá huyendo de todo lo que tengo, pero empezando algo nuevo. En mi mano hay un puñado de arena, el puñado de arena es la vida y la mano, los problemas. A veces, los problemas son tan grandes que estrujan la vida, y cuando te das cuenta, se acabó. Ahora ya no tienes arena. Eso no quiere decir que estés muerto, que tengas que tirar la toalla por algún sitio, como al que se le cae un papel y disimula sabiendo que se le ha caído. 
Tienes que volver a coger arena, quizá grano a grano, o de un puñado... depende. Tendrás que arrodillarte y mancharte, que nunca gusta. 

Aquí, desde muchos kilómetros de casa, quizá se vean las cosas de otro modo. Hay muchas cosas bonitas que ver en el mundo.