martes, 11 de octubre de 2016

Realidad

                             


  
   No. No estoy preparada. En realidad no lo estoy para nada en la vida. Mejor dicho, ninguno lo estamos. No, no lo estamos. A pesar de pensar que sí una y otra vez. Cuando llega el momento, dolor. O sorpresa. O lágrimas. Y da lo mismo cuánto y de qué manera hayas estado preparándote para ese gran momento. Porque no servirá.
Nos empeñamos en perder el tiempo. Eso se nos da muy bien. Creándonos falsas expectativas, eso sobre todo. El ser humano es tan tonto... ¡perdemos el tiempo! Y la vida con ello, por cierto.

     Haces un examen. Te sale mal. Piensas que te ha salido mal y que vas a suspender, pero resulta que, cuando te dan la nota del suspenso totalmente esperado con anterioridad, inmediatamente te sientes mal. Joder, si sabías que ibas a suspender. ¿Qué esperabas? ¿Que un hada cogiera un bolígrafo y se pusiera a hacer tu examen de nuevo? ¿Que el 3 se pusiera al lado de un espejo convirtiéndose en un 8? Nada. Tú, a pesar de haber llevado a cabo el proceso de salir del examen y decir "voy a suspender", comienzas a creer en que las hadas existen, hasta que ¡PAM! La realidad te golpea. 

     La realidad. Eso que tanto nos cuesta y queremos evitar. ¿Y la muerte? ¿Qué hay de la muerte? Sabemos que moriremos pero, ahora mismo... ¿quién tiene miedo si no es el que se está muriendo y lo sabe? Vuelta a empezar los preparativos. Prepararnos para asumir. ¡Sorpresa! No asumiste nada. Solo creías que lo hacías por sentirte mejor, hacerlo más llevadero. Solo te mientes una y otra vez hasta que la realidad se muestra. Fría. Sin avisar. Que te da miedo hasta mirar. Que te lleva tiempo. La miras a los ojos y notas como mil agujas te atraviesan el alma. ¿Pero no estaba preparado? Que no joder, que nunca estamos preparados.

     No estamos preparados ni para lo bueno, qué vas a estarlo para lo malo. "Preparado", es decir, ya dispuesto para. Para nada. Que te digo que nunca se está preparado para asumir cosas que se ven venir. Resulta que parece que tienes veinte diotrías en cada ojo que hace que veas de un borroso que te cagas. Pero como si fuese efectivo, miramos para el otro lado. Creemos en hadas, en dioses, en duendes y en milagros. Para nunca así mirar lo que la realidad impone, lo que juega, porque odiamos perder. Todo el mundo odia perder, y ella siempre gana.


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